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AFFORDABLE MILÁN
 

25  - 27 enero 2019

Superstudio Più, Via Tortona, 27
Milán

TIME III
ENTRELÍNEAS V (1)
_MG_3339
'Passing I'_40x40cm_Mixedmediaonboard_2018_€750
'Passing V'_40x40cm_Mixedmedia_2018_€750
'Shoreline II'_40x40cm_Acrylicpaintonboard_2018_€750
'Form'_25x25cm_Mixedmediaonboard_2018_€450
'Visit'_30x30cm_Mixedmediaoncork_2017_€475
'Structure II'_25x25cm_Mixedmediaonboard_2018_€450
'Still I'_50x50cm_Mixedmediaonboard_2018_€950 (1)
'Structure'_25x25cm_Mixedmediaonboard_2018_€450 (1)
'Still II'_50x50cm_Mixedmediaonboard_2018_€950
_MG_3347

 

CREADORES PARTICIPANTES

 

Rubén Fernández Castón

Mairi Tomoney

EL BOSQUE INFINITO

GALERÍA BLANCA SOTO

Escultor: Rubén Fernández Castón

Paisajista: Rosa M. Ceño Elie-Joseph (Ginkgo Landscape)

Geometría, abstracción y color son tres conceptos que Rubén Fernández Castón combina magistralmente al crear sus esculturas. Tres nociones que existen en la naturaleza y que hemos querido recrear en un jardín conceptual que se hace eco de tres instalaciones del artista: `Sin fin’, ‘Entrelíneas’ y ‘De veletas, urracas y otros reflejos’. Tótems, esculturas-cuadro y veletas se fusionan con su entorno en una historia interminable que combina verticalidad, armonía y figuras geométricas que caminan hacia la abstracción.

El jardín está formado por tres anillos concéntricos que giran alrededor de una plataforma circular sobre la que descansan siete tótems. Toda la estructura está enmarcada en un perfecto cuadrado de 36mx36m (casi mil trescientos m2) que delimita un seto de laurel (Laurus nobilis), planta aromática venerada en la antigua Grecia como sagrada y portadora de paz.

Accedemos al jardín a través de siete ‘pasos-cuadro’ que conforman un sendero y nos hacen pensar en una metáfora geométrica sobre la evolución del artista hacia la verticalidad que representan los tótems. Se trata de un camino formado por cipreses, siete a cada lado. Tres veces siete, una repetición que evoca el uso reiterado de franjas idénticas con la que el escultor, con fines estéticos, nos invita a alzar la mirada hacia un cielo sin límites.

El ciprés (Cupressus sempervirens) está considerado como el ‘árbol de la vida’ por su longevidad. Simboliza la unión entre el cielo y la tierra, y la inmortalidad: su verticalidad, su aroma, sus ramas siempre verdes y la profundidad de sus raíces, representan en nuestro bosque infinito un conjunto de formas ascendentes como las esculturas que vamos a encontrar en el centro de la composición.

En el anillo central nos encontramos con una corona azul formada por un bosque de jacarandas (Jacaranda mimosifolia) que proporcionan color, altura y protección. También es una de las especies que más CO2 consume, una aliada que ayuda a mitigar las consecuencias del cambio climático. La belleza de los racimos de flores azules presentes durante su floración es inigualable. Cinco bancos nos introducen a una materia prima tallada a mano desde la prehistoria: la piedra. Cada banco está enmarcado por cinco arbustos de mirto (Myrtus communis), planta aromática de flores y hojas perfumadas. Símbolo de paz y amor en la cultura helenística, el mirto aporta calma y armonía a este espacio concebido para la contemplación y la meditación frente a los tótems.

Y por fin llegamos al epicentro del jardín, no sin antes salvar algún obstáculo como los que nos encontramos en cualquier camino de la vida: un dinámico arroyo circular al que únicamente se puede acceder mediante un puente. Entramos en un lugar sagrado en el que siete tótems forman casi un círculo completo.

Una sutil abstracción geométrica inunda este colorido conjunto que forma una unidad tan armónica que sus elementos también cobran sentido y pueden contemplarse por separado. Cada tótem es un universo en sí mismo y las pinceladas son tan sutiles que apenas se aprecian. Las esculturas miran hacia arriba, hacia el infinito, en un homenaje inmortal que perdura en el tiempo.

Para finalizar, entraremos en el último anillo. A la entrada del jardín el visitante tiene la opción de no seguir el camino marcado. Podemos ir a la izquierda o a la derecha por un terreno pedregoso y sin senderos, en el que la libertad de decisión es la protagonista. Ambos sentidos nos conducen por un recorrido cromático en el que tres esculturas-veleta reflejan que Rubén Fernández Castón, en su evolución como artista, incorpora la línea curva en sus creaciones más recientes.

Tres esculturas en azul, rosa y amarillo encuentran su eco en macizos de plantas que florecen en el mismo color que el de la escultura a la que acompañan, aunque en un tono un poco más marcado. El círculo concéntrico que enmarca este conjunto ya no aparece entero sino que, en un ejercicio de clara abstracción, queda representado únicamente por tres segmentos del anillo: los mismos que reverberan la simplicidad de las veletas.

Los cuatro cedros de Líbano (Cedrus libani) situados en las esquinas son árboles sagrados desde la Antigüedad: la fragancia que desprende su madera, su robustez, durabilidad y belleza convirtieron tradicionalmente al cedro en el árbol perfecto para la talla de los tótems. Símbolo de poder y crecimiento, su gran altura, que puede alcanzar los 30m, proporciona sombra y cobijo. Cuatro bancos situados bajo las ramas de cada ciprés invitan al descanso y al recogimiento.

Con ‘El bosque infinito’ hemos querido realizar un homenaje a los cinco sentidos: la vista se deleita en los colores de las esculturas que encuentran su eco en el azul-lila de las jacarandas, el verde del follaje, y el rosa, amarillo y azul oscuro de las flores. El olfato disfruta de las fragancias emanadas de la madera del cedro, las hojas del laurel y las flores del mirto; el oído capta las melodías de los pájaros, el agua del arroyo y el sonido del viento entre las hojas; y el tacto puede acariciar texturas tan evocadoras como la corteza de los cipreses, la suavidad de los pétalos de las flores o la rugosidad de las hojas de laurel. Por último, el gusto está representado por las bayas de mirto y enebro que tanto cautivan a los pájaros.

Nos encontramos ante una colaboración entre artista y paisajista en la que ambos comparten la misma pasión: color y geometría. La naturaleza regala al escultor hierro, madera y pigmentos, y plantas, piedras y agua a la paisajista para que luz, armonía y equilibrio enmarquen una obra abstracta que aspira a perdurar en el tiempo.

 

 

Texto: Rosa M. Ceño Elie-Joseph. Enero 2019.

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